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El valor de la moneda es su capacidad de cambiarla por bienes, activos y otras monedas a un costo conocido por tiempo prolongado. A mayor estabilidad de los precios, más extenso el horizonte de tiempo y la diversidad y amplitud de ocupaciones para intercambiar, emprender, emplear y contratar en esa moneda. En Argentina, el dólar ha sido la moneda más estable. Por eso las transacciones menos frecuentes y más significativas para cada persona, como compra de inmuebles y empresas, se hacen necesariamente en dólares. El peso sólo se usa en compras corrientes en la Argentina y por imposición de las normativas del Gobierno, que no ofrece la alternativa de cobrar y pagar en otra moneda. El BCRA entrega pesos a la gente para mantener sus "reservas" en dólares y financiar al Estado y a otros bancos. Plantea un negocio incierto, ilusorio, sin ninguna garantía. Esto es: exige un crédito a la sola firma de los cambiantes mandatarios. Cuando la gente pierde, le ofrecen excusas, explicaciones tardías. El dólar es el mismo desde su origen en 1776. El peso actual equivale a 10.000.000.000.000 de los que circularon hasta fines de 1969, cuando el dólar valía $350 de entonces. De modo que los $22 por dólar de hoy se traducen en 220.000.000.000.000 de los de 1969. Pero el peso se viene devaluando desde mucho antes. Hace 100 años, en 1918, el dólar cotizaba a $2,25. Llegó a $4 en 1938; $8,5 en 1948, y $70 en 1958.

La Argentina sufre el peso, una moneda que no es, ni puede ser, nuestra unidad de cuenta. Porque ha sido un potente instrumento para achicar y redistribuir los patrimonios sometidos a los gobiernos nacionales. Privilegiando a unos pocos en perjuicio mucho mayor del conjunto. El peso es y ha sido una carga que incrementa pesadamente la incertidumbre de trabajar e invertir en el país. El extravagante aumento de la pobreza y retraso de la Argentina respecto del mundo, desde hace bastante más de medio siglo, fue precipitado por las devaluaciones sorpresivas del peso, agravadas severamente por las medidas pretendidamente "compensatorias" de los gobernantes. Para beneficiar a unos sacrificaron a los patrimonios de todos. Si queremos cambiar, no podemos seguir insistiendo en obligar a usar una moneda indeseada.

La actual corrida por el dólar comprueba que la moneda verdadera, a la que la gente se aferra cuando las papas queman, es el dólar. En el libro Dolarizar, publicado en 2001, explicamos las ventajas y posibilidades de sustituir al peso como moneda. Ahora, un paso intermedio, pero menos preferible, sería anunciar una política monetaria con un cambio fijo entre el peso y el dólar. Las autoridades debieran comunicar un programa creíble para hacerlo sostenible. Las tensiones cambiarias y las corridas desaparecerían dolarizando. Y volcaríamos nuestros mayores esfuerzos a la expansión de la economía, oportunidades y la riqueza para todas las personas de "buena voluntad que quieran trabajar y progresar en Argentina", confiados en tener al Messi de las monedas. La inflación desaparecería como ocurrió en 1992-2001 con la Convertibilidad. En ese tiempo, el Gobierno triunfó en todas las elecciones y el país progresó más que nunca en democracia.

Algunos se asombran del "pass-through", la traslación de aumentos en la cotización del dólar a los precios en pesos. Debieran saber. Pasado un tiempo, todas las alzas del dólar elevan los precios en pesos. Porque nuestra verdadera unidad de cuenta es el dólar y el peso un artilugio de los políticos para aprovechar su poder a costa y contra nuestra sociedad. Reconociendo al dólar como nuestra moneda no necesitaríamos "metas de inflación", ni demás fantasías. Tampoco un BCRA encargado de la política monetaria. Apoyados en una institución confiable, el dólar para medir transacciones, precios y salarios, los dirigentes se dedicarían a los cambios estructurales para cumplir los sueños de los argentinos.

Una curiosidad. La actual cotización de alrededor de $22 es la traslación casi exacta de los $2,25 de 1918, un siglo atrás, por la quita de 13 ceros implementada con los sucesivos cambios de moneda. El ritmo de devaluación no fue parejo: en el primer medio siglo, el peso se devaluó frente al dólar por 155 veces, una tasa del 12% anual acumulativo. En el último medio siglo, el peso se devaluó por 630.000.000.000 veces, una tasa del 72% anual acumulativo.Ambito.com

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